sábado, 22 de agosto de 2020

 

 

               Spiknutí

  

               Mi primera novela era muy mediocre, lo admito. Se titulaba “El rescate del Santa María” y la estuve redactando durante más de diez años, en mis tardes perdidas de oficinista. Empecé en la década de los 90, estimulado por la épica de películas como “Memorias de África” y “Bailando con lobos”. Trataba de un viejo galeón español del siglo XVII, el Santa María, hundido con un tesoro incalculable cerca de unas islas del Pacífico. Una empresa norteamericana pretendía recuperar el tesoro a través de la localización por satélite. Parece extraño, pero es más fácil detectar un pecio desde la estratosfera que desde la superficie del mar. La compañía norteamericana negociaba la licencia de obras y otras corruptelas con el gobierno de la isla, y un grupo de nativos jóvenes, bellos y rebeldes organizaba la resistencia para impedir las labores de rescate, que alterarían el frágil ecosistema del litoral…Bueno, ¡me faltaban muchos detalles por pulir!

Y, un buen día, Jaume Vallbona apareció por el banco. “¿Qué se le ofrece?”, le pregunté, aún sin reconocerle. Jaume me reconoció en seguida y de inmediato me tendió la mano por encima del mostrador. Detecté un matiz de compasión en su sonrisa.

- Pero, hombre, ¡qué haces tú aquí!

Jaume y yo fuimos juntos a los escolapios. Luego, él se matriculó en Derecho y yo en Filosofía, y ahí nos perdimos la pista. Aquel día me explicó que él sí terminó la carrera; que encontró trabajo en un bufete de abogados y que se casó con una chica que había estudiado Bellas Artes y que pintaba cuadros abstractos. Antes de tener su primer hijo, encontró un puesto de ejecutivo en una empresa de no sé qué producto de limpieza. Le gustaba trabajar y se ganaba bien la vida. Tuvieron dos hijos más, “¡buscábamos la niña!”, intercaló haciéndome un guiño. Y entonces, plenamente realizado pero un poco aburrido, Jaume dejó la empresa y se hizo agente literario. Muy poco después, tuvo la suerte de conocer a Michael Spencer y el éxito de su carrera como agente se disparó. A Spencer no le conocía casi nadie hace unos años. Pero ahora, gracias a la adaptación cinematográfica de su novela “Las bestias encerradas en el sótano”, no hay nadie que no le conozca.

Fue por aquellos días cuando Jaume apareció por casualidad en la oficina bancaria en la que yo trabajaba y me encontró sentado detrás del mostrador, más delgado, canoso, arrugado, servicial. Después de explicarme lo orgulloso que se sentía de sus tres chavales, me preguntó “y tú, ¿qué tal?”, y entonces tuve que explicarle que mi mujer me había dejado por otro hombre más joven y menos miope que yo. No habíamos llegado a tener hijos.

 Digo que Jaume parecía compadecerse de mí porque, claro, cuando estábamos en el colegio nadie aspiraba a ser cajero de un banco. Yo tampoco, aunque luego las circunstancias de la vida me llevaron a tener en muy alta estima la estabilidad económica y existencial que suponía un puesto de trabajo seguro. Además, uno podía ser cajero pero practicar submarinismo en el Mar Rojo durante las vacaciones de verano, o transformarse en guitarrista de blues a las doce de la noche y participar en jam-sessions, o reconstruir la torre Eiffel de París con miles de cerillas…y eso compensaría, de algún modo, la monótona rutina de tu vida. Muchos de mis compañeros de oficina practicaban cosas de esas.  

Supongo que por eso le hablé a Jaume de mi proyecto de novela, como para disimular la mediocridad de mi empleo y de mi vida en general. Al otro lado del mostrador, mi viejo amigo Jaume se sintió obligado a hacer algo por mí. Precisamente, su trabajo consistía en lograr que un autor publicase sus obras.

- ¡Envíame una copia de la novela por correo electrónico! –me dijo Jaume, con la misma seriedad profesional con la que los asesores fiscales te decían “¡búsqueme todas sus facturas!”.

Así que aquella misma tarde le envié las trescientas páginas de “El rescate del Santa María” comprimidas en un documento Word de unas ochocientas “k”. No tardó muchos días en contestarme: “Interesante. Quizá necesite alguna revisión, pero creo que podremos publicarla”.

Entonces entró en acción el señor Figueras, un tipo de unos cincuenta y siete años, de pelo graso, barriga hinchada y americana con coderas y puños raídos. Daba clases de Historia en un instituto. Pero tenía cinco hijos y muchos gastos, así que se sacaba un sobresueldo como corrector/redactor de la editorial Vilobí. Tras leer las dos primeras páginas, se negó a continuar alegando que las imprecisiones históricas eran tantas y tan flagrantes que no valía la pena revisar la totalidad del texto.

               - Pero ¿sabe usted algo del siglo XVII…? –me preguntó, el día que nos reunimos con Jaume para dar el primer empujón al proyecto-, ¿tiene una idea siquiera aproximada de cuánta gente viajaba en un galeón? Con la tripulación que usted propone, ¡no podrían ni levar anclas!

               La tozuda insistencia de Jaume Vallbona consiguió que Figueras leyese por encima el resto de la historia y se aviniese a escribir un par de cuartillas para encuadrar históricamente la trama. Figueres aprovechó la ocasión para lucirse pues, en su época de universitario, había hecho un trabajo sobre el Galeón de Manila. Escribió ocho o diez folios; y, aquellos apuntes, que en principio solo iban destinados a ilustrarme a mí, se convirtieron en los dos primeros capítulos de la novela. Bueno, y también le debo al señor Figueras la escena en la que dos soldados capturan una rata en la bodega para vendérsela al despensero pues, entre otras notas sobre la ruta del Galeón de Manila, Figueras había incluido la compraventa de ratas bodegueras como muestra de la angustiosa escasez de comida que se vivía en aquellas largas travesías de varios meses de duración.

               Otro corrector de la editorial se tomó la molestia de leer el texto de cabo a rabo y marcarlo con rotuladores fluorescentes de distintos colores. Los errores sintácticos y gramaticales venían en fluorescente rosado; las incongruencias y otros errores narrativos y de verosimilitud, en fluorescente amarillo. El fluorescente verde significaba “escena mejorable”; el azul oscuro, “alargar” o “extenderse”. Las marcas de fluorescente lila eran las que yo más temía porque significaban “reescribir de arriba a abajo”. Las de fluorescente beige, las más bienvenidas porque significaban “pura caca: eliminar”. Por otro lado, y gracias a un novedoso programa informático llamado Quijano 3.0, junto a cada palabra dudosa aparecían tres palabras sinónimas alternativas más ajustadas, precisas y elegantes.

Mi pobre borrador parecía un herido de guerra cubierto de moratones, vendajes y escayolas. Pasé un año entero cuidando del convaleciente, rehaciendo los párrafos verdes, estirando los azules, peleándome con los lilas. Fue un año agotador; ser un profesional de la escritura era extenuante, mucho más que empujar la rutina burocrática matutina en una oficina bancaria. Yo había tardado diez años en componer las trescientas páginas de la novela; y, ahora, en seis meses, tuve que reescribirla casi por completo siguiendo las directrices que me daban desde la editorial.

               Esta segunda versión –incluidos los dos capítulos iniciales a cargo del señor Figueres- volvió a ser revisada concienzudamente por un tercer corrector. Aunque yo había seguido al pie de la letra sus indicaciones, opinó que mi novela parecía desnuda, seca, demasiado abstracta.

- Es verdad –reconoció Jaume, con semblante grave.

               Así que un par de redactores de la editorial rellenaron los huecos con árboles y pájaros, transeúntes, subsecretarios con nombre y apellidos, salones y vestíbulos, arrecifes, mares verdosos y alargadas playas de arena casi blanca… Tres capítulos enteros desaparecieron de la novela y el señor Figueras se encargó de redactar los dos capítulos relativos al naufragio del galeón para incluir algunos tecnicismos de carácter marinero.

-  ¿Ha navegado usted alguna vez a vela? -me preguntó, con expresión irónica, en otro de nuestros encuentros. 

Recibí por correo electrónico, ¡ni se molestaron en imprimirla!, esta tercera versión de “El rescate”. Bueno, el título quedó recortado para adecuarlo al diseño de la portada, según me explicó Arnau Roc, el portadista de la editorial.

Pero ahora sí sonaba como una novela ordinaria, de las que uno puede comprar en una librería. Los redactores -por lo visto, también les llaman “negros” o “fantasmas”- habían hecho un trabajo excelente; a mí mismo me parecía una novela nueva. Los personajes eran los mismos que los de mi primer borrador y la trama también se desarrollaba en una isla del Pacífico; y contenía algunos flashbacks que remitían a la travesía del galeón en el siglo XVII... Y, sin embargo, a mí me parecía otra novela. Admiré lo bien que habían resuelto todas las escenas y finales de capítulo; de qué modo tan sencillo, con tres o cuatro palabras, hacían visible un ambiente portuario o los palacetes de las oficinas del gobierno, con ventiladores de grandes aspas en el techo; qué fluidamente se iba desarrollando la acción y no a saltos, a ratos encallada, o desencadenada de repente, como en mi primer borrador, ¡qué fácil era leer aquel texto!

               Devolví mi revisión de esta tercera versión con un OK en mayúsculas. Había algunos pequeños e insignificantes errores (a un “que” le faltaba la “u”; en la página 124 aparecía “mastil” sin acento…), pero preferí que quedase de manifiesto mi admiración por el resultado final. “¡Todo OK!”, decía el correo que envié.

Y ese era el texto que se habría acabado publicando de no ser por la inesperada irrupción en escena de una pintora checa, llamada Krystina Waczynski -de padre polaco-, que la mujer de Jaume había conocido en una exposición colectiva celebrada en Praga. Los Vallbona salieron a cenar con ella cuando la Waczynski vino a Barcelona para promocionar un documental sobre defenestraciones. La pintora checa era una de esas artistas polifacéticas que, además de pintar, dirigía documentales, series de televisión y películas.

Mientras cenaban, Jaume habló de lo apasionante que le resultaba su trabajo de agente literario. Admitió que había tenido mucha suerte al fichar a Michael Spencer nada más empezar, pero no todos sus autores tenían tanta suerte, fama, reconocimiento. Y como ejemplo paradigmático de las dificultades que a veces afrontaba para publicar una obra, les habló de “El rescate”, de cuántas veces se había revisado el borrador, cuánto le había costado convencer a la editorial de que la novela podía ser un éxito -moderado, nunca creyó que sería tan grande como el de Spencer-, cuántos revisores, correctores y redactores habían tenido que intervenir para que el texto resultase aceptable… 

He de suponer que, a estas alturas de la cena, ya habían vaciado una o dos botellas de vino pues, según Jaume, la pintora checa bebía como un cosaco. Krystina se interesó por el tema de esa extravagante novela que tanto costaba publicar y Jaume le habló con entusiasmo de las historias de galeones hundidos con tesoros incalculables.

- En esencia, es una novela de intriga: ¿se encontrará finalmente el tesoro?, ¿hallarán los restos del galeón y las monedas que presuntamente se hundieron con él? Pero también es una novela de acción por lo que hace a las peripecias de los buzos para internarse entre los restos del pecio, así como en las escenas marineras del galeón. Y, claro está, tiene algo de novela histórica, en los pasajes que suceden en el siglo XVII. Además, es una novela con un claro mensaje ideológico en contra la corrupción política y a favor de los sistemas ecológicos sostenibles. Y tiene también su pequeña trama romántica entre los dos jóvenes polinesios… ¡desde el primer momento, le vi muchas posibilidades! Pero quizá todas las dificultades que hemos tenido provengan precisamente de eso, de que es demasiadas cosas a la vez y ninguna en concreto.

La pintora checa, con las neuronas empapadas de vino blanco, urdía en su imaginación escenas, planos, diálogos.

               - ¡Envíame ese texto! –le dijo a Jaume, y los tres estallaron en una carcajada nerviosa.

Luego siguieron hablando de arte abstracto, de las últimas exposiciones que habían visitado la una y la otra, de Marina France y su serie de Cortinajes Violáceos en el Guggenheim de Bilbao. La mujer de Jaume explicó que atravesaba un período de cuadros de grandes dimensiones -tres por tres metros-, y, dado que ella era bastante menuda, por primera vez había tenido que pintar encaramada a una escalera de mano. Añadió que era una etapa de colores terrosos y tostados, de ocres y beiges, mezclados con grises y blanco nieve. Expuso seis cuadros de esa serie en Praga, y vendió uno, a veinte mil euros. No es caro, al parecer.

Aquella misma noche, y ante la insistencia de su esposa, Jaume envió desde su teléfono móvil una copia de “El rescate” a Krystina Waczynski.

               Pues, bueno, mientras la tercera versión de “El rescate” estaba a la espera de entrar en talleres, Jaume recibió un correo de la pintora checa. Ya casi se había olvidado de ella y de los detalles de la conversación que habían mantenido durante la cena. “Solicito derechos para una miniserie de dos capítulos; adjunto contrato y otras propuestas”.

               Jaume planteó el asunto al Consejo de la editorial y entonces se organizó un gran revuelo de abogados, traductores, contables. Finalmente, se llegó al acuerdo de ceder los derechos para la miniserie, a cambio de editar una versión en checo de la novela, lo que permitiría a la editorial cobrar una subvención de la Consejería de Cultura destinada a promocionar la expansión internacional de la industria editorial. Nadie esperaba un gran negocio de todo aquello; la directora checa era bastante desconocida incluso en su propio país. Pero la gente de Vilobí había dedicado bastantes horas a la confección de aquel texto y el acuerdo les permitía recuperar lo invertido.

               Aquellos días, todo el mundo en la editorial hablaba de la miniserie “La conspiración”. Bueno, la directora checa prefirió cambiar el título para acentuar el mensaje social de la obra. Me explicaron que la protagonista no era morena y de ojos negros, sino pelirroja y de ojos verdes; y que los hechos no sucedían en una isla del Pacífico sino en el Mar del Norte; que el barco hundido no era un galeón sino un carguero con matrícula somalí; que detrás de la empresa norteamericana de rescate había un fondo de inversión chino. Pero, en fin, los abogados de la editorial consideraron que todos estos cambios eran adaptaciones narrativas legítimas. Y, además, esta vez el guion no fue revisado por el señor Figueras.

               En un último giro de los acontecimientos, el Consejo de la editorial consideró que nadie asociaría una novela con la portada de cocoteros y playas hawaianas y un viejo galeón español hundiéndose en el horizonte que había diseñado Arnau Roc con la trama de la corrupción política y financiera en el corazón de Europa que denunciaba la Waczynski. Y, entonces, el Consejo tomó la singular decisión de publicar la versión checa traducida al español.  

               En mitad de todo aquel trajín, Jaume se sentía en su salsa, pero a mí me costaba asimilar los hechos, ¡todo sucedía tan deprisa! Tras convocarme de urgencia a su despacho, me recibió por primera vez con la más amplia de sus sonrisas.

               - ¡Tengo excelentes noticias! Publicaremos la novela aquí y en Praga; cinco mil ejemplares en español, quinientos en checo. Les cedemos los derechos para la miniserie y las siguientes, si   las hay, ¡quién sabe!, ediciones en checo.

               Era mucho más de lo que yo había soñado jamás. Jaume me mostró un bloc con la versión de la novela en checo. Se titulaba “Spiknutí”. Me pareció una palabra mágica.

               - En cuanto a ti –añadió-, la editorial te hace una oferta insuperable: 15.000 euros a cambio de la cesión de todos los derechos de esta novela y de la próxima que escribas ¡Yo no me lo pensaría dos veces! Con todo lo que has aprendido, no te costará escribir otra novela…

               Nunca había visto a Jaume tan feliz. Comprendí que por fin había conseguido saldar la deuda de amistad que creía tener conmigo. Yo estaba abrumado, todo parecía salir mucho mejor de lo previsible cuando decidí enviarle las ochocientas “k” de mi novela. No presté mucha atención –por lo menos, no la suficiente- a su última frase. Quince mil euros equivalían a un año de mi sueldo íntegro en el banco.

Dije que sí, y firmé.

Desde entonces, y de eso hace más de seis largos años, sigo tratando de escribir mi segunda novela en mis tardes perdidas de jubilado.

 

 

                

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