Spiknutí
Mi primera novela
era muy mediocre, lo admito. Se titulaba “El rescate del Santa María” y la
estuve redactando durante más de diez años, en mis tardes perdidas de
oficinista. Empecé en la década de los 90, estimulado por la épica de películas
como “Memorias de África” y “Bailando con lobos”. Trataba de un viejo galeón
español del siglo XVII, el Santa María,
hundido con un tesoro incalculable cerca de unas islas del Pacífico. Una
empresa norteamericana pretendía recuperar el tesoro a través de la
localización por satélite. Parece extraño, pero es más fácil detectar un pecio
desde la estratosfera que desde la superficie del mar. La compañía
norteamericana negociaba la licencia de obras y otras corruptelas con el
gobierno de la isla, y un grupo de nativos jóvenes, bellos y rebeldes
organizaba la resistencia para impedir las labores de rescate, que alterarían el
frágil ecosistema del litoral…Bueno, ¡me faltaban muchos detalles por pulir!
Y, un buen día, Jaume Vallbona apareció por el
banco. “¿Qué se le ofrece?”, le pregunté, aún sin reconocerle. Jaume me
reconoció en seguida y de inmediato me tendió la mano por encima del mostrador.
Detecté un matiz de compasión en su sonrisa.
- Pero, hombre, ¡qué haces tú aquí!
Jaume y yo fuimos juntos a los escolapios. Luego,
él se matriculó en Derecho y yo en Filosofía, y ahí nos perdimos la pista.
Aquel día me explicó que él sí terminó la carrera; que encontró trabajo en un
bufete de abogados y que se casó con una chica que había estudiado Bellas Artes
y que pintaba cuadros abstractos. Antes de tener su primer hijo, encontró un
puesto de ejecutivo en una empresa de no sé qué producto de limpieza. Le
gustaba trabajar y se ganaba bien la vida. Tuvieron dos hijos más, “¡buscábamos
la niña!”, intercaló haciéndome un guiño. Y entonces, plenamente realizado pero
un poco aburrido, Jaume dejó la empresa y se hizo agente literario. Muy poco
después, tuvo la suerte de conocer a Michael Spencer y el éxito de su carrera
como agente se disparó. A Spencer no le conocía casi nadie hace unos años. Pero
ahora, gracias a la adaptación cinematográfica de su novela “Las bestias
encerradas en el sótano”, no hay nadie que no le conozca.
Fue por aquellos días cuando Jaume apareció por
casualidad en la oficina bancaria en la que yo trabajaba y me encontró sentado
detrás del mostrador, más delgado, canoso, arrugado, servicial. Después de
explicarme lo orgulloso que se sentía de sus tres chavales, me preguntó “y tú,
¿qué tal?”, y entonces tuve que explicarle que mi mujer me había dejado por
otro hombre más joven y menos miope que yo. No habíamos llegado a tener hijos.
Digo que
Jaume parecía compadecerse de mí porque, claro, cuando estábamos en el colegio
nadie aspiraba a ser cajero de un banco. Yo tampoco, aunque luego las
circunstancias de la vida me llevaron a tener en muy alta estima la estabilidad
económica y existencial que suponía un puesto de trabajo seguro. Además, uno
podía ser cajero pero practicar submarinismo en el Mar Rojo durante las
vacaciones de verano, o transformarse en guitarrista de blues a las doce de la
noche y participar en jam-sessions, o reconstruir la torre Eiffel de París con
miles de cerillas…y eso compensaría, de algún modo, la monótona rutina de tu
vida. Muchos de mis compañeros de oficina practicaban cosas de esas.
Supongo que por eso le hablé a Jaume de mi
proyecto de novela, como para disimular la mediocridad de mi empleo y de mi
vida en general. Al otro lado del mostrador, mi viejo amigo Jaume se sintió
obligado a hacer algo por mí. Precisamente, su trabajo consistía en lograr que
un autor publicase sus obras.
- ¡Envíame una copia de la novela por correo
electrónico! –me dijo Jaume, con la misma seriedad profesional con la que los
asesores fiscales te decían “¡búsqueme
todas sus facturas!”.
Así que aquella misma tarde le envié las
trescientas páginas de “El rescate del Santa María” comprimidas en un documento
Word de unas ochocientas “k”. No tardó muchos días en contestarme:
“Interesante. Quizá necesite alguna revisión, pero creo que podremos
publicarla”.
Entonces entró en acción el señor Figueras, un
tipo de unos cincuenta y siete años, de pelo graso, barriga hinchada y
americana con coderas y puños raídos. Daba clases de Historia en un instituto.
Pero tenía cinco hijos y muchos gastos, así que se sacaba un sobresueldo como
corrector/redactor de la editorial Vilobí. Tras leer las dos primeras páginas,
se negó a continuar alegando que las imprecisiones históricas eran tantas y tan
flagrantes que no valía la pena revisar la totalidad del texto.
- Pero ¿sabe usted
algo del siglo XVII…? –me preguntó,
el día que nos reunimos con Jaume para dar el primer empujón al proyecto-,
¿tiene una idea siquiera aproximada de cuánta gente viajaba en un galeón? Con
la tripulación que usted propone, ¡no podrían ni levar anclas!
La tozuda
insistencia de Jaume Vallbona consiguió que Figueras leyese por encima el resto
de la historia y se aviniese a escribir un par de cuartillas para encuadrar
históricamente la trama. Figueres aprovechó la ocasión para lucirse pues, en su
época de universitario, había hecho un trabajo sobre el Galeón de Manila.
Escribió ocho o diez folios; y, aquellos apuntes, que en principio solo iban
destinados a ilustrarme a mí, se convirtieron en los dos primeros capítulos de
la novela. Bueno, y también le debo al señor Figueras la escena en la que dos
soldados capturan una rata en la bodega para vendérsela al despensero pues,
entre otras notas sobre la ruta del Galeón de Manila, Figueras había incluido
la compraventa de ratas bodegueras como muestra de la angustiosa escasez de
comida que se vivía en aquellas largas travesías de varios meses de duración.
Otro corrector de
la editorial se tomó la molestia de leer el texto de cabo a rabo y marcarlo con
rotuladores fluorescentes de distintos colores. Los errores sintácticos y
gramaticales venían en fluorescente rosado; las incongruencias y otros errores
narrativos y de verosimilitud, en fluorescente amarillo. El fluorescente verde
significaba “escena mejorable”; el azul oscuro, “alargar” o “extenderse”. Las
marcas de fluorescente lila eran las que yo más temía porque significaban
“reescribir de arriba a abajo”. Las de fluorescente beige, las más bienvenidas
porque significaban “pura caca: eliminar”. Por otro lado, y gracias a un
novedoso programa informático llamado Quijano 3.0, junto a cada palabra dudosa
aparecían tres palabras sinónimas alternativas más ajustadas, precisas y
elegantes.
Mi pobre borrador parecía un herido de guerra
cubierto de moratones, vendajes y escayolas. Pasé un año entero cuidando del
convaleciente, rehaciendo los párrafos verdes, estirando los azules, peleándome
con los lilas. Fue un año agotador; ser un profesional de la escritura era
extenuante, mucho más que empujar la rutina burocrática matutina en una oficina
bancaria. Yo había tardado diez años en componer las trescientas páginas de la
novela; y, ahora, en seis meses, tuve que reescribirla casi por completo
siguiendo las directrices que me daban desde la editorial.
Esta segunda
versión –incluidos los dos capítulos iniciales a cargo del señor Figueres-
volvió a ser revisada concienzudamente por un tercer corrector. Aunque yo había
seguido al pie de la letra sus indicaciones, opinó que mi novela parecía
desnuda, seca, demasiado abstracta.
- Es verdad –reconoció Jaume, con semblante
grave.
Así que un par de
redactores de la editorial rellenaron los huecos con árboles y pájaros,
transeúntes, subsecretarios con nombre y apellidos, salones y vestíbulos,
arrecifes, mares verdosos y alargadas playas de arena casi blanca… Tres
capítulos enteros desaparecieron de la novela y el señor Figueras se encargó de
redactar los dos capítulos relativos al naufragio del galeón para incluir
algunos tecnicismos de carácter marinero.
- ¿Ha
navegado usted alguna vez a vela? -me preguntó, con expresión irónica,
en otro de nuestros encuentros.
Recibí por correo electrónico, ¡ni se molestaron
en imprimirla!, esta tercera versión de “El rescate”. Bueno, el título quedó
recortado para adecuarlo al diseño de la portada, según me explicó Arnau Roc,
el portadista de la editorial.
Pero ahora sí sonaba como una novela ordinaria, de
las que uno puede comprar en una librería. Los redactores -por lo visto,
también les llaman “negros” o “fantasmas”- habían hecho un trabajo excelente; a
mí mismo me parecía una novela nueva. Los personajes eran los mismos que los de
mi primer borrador y la trama también se desarrollaba en una isla del Pacífico;
y contenía algunos flashbacks que remitían a la travesía del galeón en el siglo
XVII... Y, sin embargo, a mí me parecía otra
novela. Admiré lo bien que habían resuelto todas las escenas y finales de
capítulo; de qué modo tan sencillo, con tres o cuatro palabras, hacían visible
un ambiente portuario o los palacetes de las oficinas del gobierno, con
ventiladores de grandes aspas en el techo; qué fluidamente se iba desarrollando
la acción y no a saltos, a ratos encallada, o desencadenada de repente, como en
mi primer borrador, ¡qué fácil era leer aquel texto!
Devolví mi
revisión de esta tercera versión con un OK en mayúsculas. Había algunos
pequeños e insignificantes errores (a un “que” le faltaba la “u”; en la página
124 aparecía “mastil” sin acento…), pero preferí que quedase de manifiesto mi
admiración por el resultado final. “¡Todo OK!”, decía el correo que envié.
Y ese era el texto que se habría acabado
publicando de no ser por la inesperada irrupción en escena de una pintora
checa, llamada Krystina Waczynski -de padre polaco-, que la mujer de Jaume
había conocido en una exposición colectiva celebrada en Praga. Los Vallbona
salieron a cenar con ella cuando la Waczynski vino a Barcelona para promocionar
un documental sobre defenestraciones. La pintora checa era una de esas artistas
polifacéticas que, además de pintar, dirigía documentales, series de televisión
y películas.
Mientras cenaban, Jaume habló de lo apasionante
que le resultaba su trabajo de agente literario. Admitió que había tenido mucha
suerte al fichar a Michael Spencer nada más empezar, pero no todos sus autores
tenían tanta suerte, fama, reconocimiento. Y como ejemplo paradigmático de las
dificultades que a veces afrontaba para publicar una obra, les habló de “El
rescate”, de cuántas veces se había revisado el borrador, cuánto le había
costado convencer a la editorial de que la novela podía ser un éxito -moderado,
nunca creyó que sería tan grande como el de Spencer-, cuántos revisores, correctores
y redactores habían tenido que intervenir para que el texto resultase
aceptable…
He de suponer que, a estas alturas de la cena, ya
habían vaciado una o dos botellas de vino pues, según Jaume, la pintora checa
bebía como un cosaco. Krystina se interesó por el tema de esa extravagante
novela que tanto costaba publicar y Jaume le habló con entusiasmo de las
historias de galeones hundidos con tesoros incalculables.
- En esencia, es una novela de intriga: ¿se
encontrará finalmente el tesoro?, ¿hallarán los restos del galeón y las monedas
que presuntamente se hundieron con él? Pero también es una novela de acción por
lo que hace a las peripecias de los buzos para internarse entre los restos del
pecio, así como en las escenas marineras del galeón. Y, claro está, tiene algo
de novela histórica, en los pasajes que suceden en el siglo XVII. Además, es
una novela con un claro mensaje ideológico en contra la corrupción política y a
favor de los sistemas ecológicos sostenibles. Y tiene también su pequeña trama
romántica entre los dos jóvenes polinesios… ¡desde el primer momento, le vi
muchas posibilidades! Pero quizá todas las dificultades que hemos tenido
provengan precisamente de eso, de que es demasiadas cosas a la vez y ninguna en
concreto.
La pintora checa, con las neuronas empapadas de
vino blanco, urdía en su imaginación escenas, planos, diálogos.
- ¡Envíame ese
texto! –le dijo a Jaume, y los tres estallaron en una carcajada nerviosa.
Luego siguieron hablando de arte abstracto, de
las últimas exposiciones que habían visitado la una y la otra, de Marina France
y su serie de Cortinajes Violáceos en el Guggenheim de Bilbao. La mujer de
Jaume explicó que atravesaba un período de cuadros de grandes dimensiones -tres
por tres metros-, y, dado que ella era bastante menuda, por primera vez había
tenido que pintar encaramada a una escalera de mano. Añadió que era una etapa
de colores terrosos y tostados, de ocres y beiges, mezclados con grises y
blanco nieve. Expuso seis cuadros de esa serie en Praga, y vendió uno, a veinte
mil euros. No es caro, al parecer.
Aquella misma noche, y ante la insistencia de su
esposa, Jaume envió desde su teléfono móvil una copia de “El rescate” a Krystina
Waczynski.
Pues, bueno,
mientras la tercera versión de “El rescate” estaba a la espera de entrar en
talleres, Jaume recibió un correo de la pintora checa. Ya casi se había
olvidado de ella y de los detalles de la conversación que habían mantenido
durante la cena. “Solicito derechos para una miniserie de dos capítulos;
adjunto contrato y otras propuestas”.
Jaume planteó el
asunto al Consejo de la editorial y entonces se organizó un gran revuelo de
abogados, traductores, contables. Finalmente, se llegó al acuerdo de ceder los
derechos para la miniserie, a cambio de editar una versión en checo de la
novela, lo que permitiría a la editorial cobrar una subvención de la Consejería
de Cultura destinada a promocionar la expansión internacional de la industria
editorial. Nadie esperaba un gran negocio de todo aquello; la directora checa
era bastante desconocida incluso en su propio país. Pero la gente de Vilobí
había dedicado bastantes horas a la confección de aquel texto y el acuerdo les
permitía recuperar lo invertido.
Aquellos días,
todo el mundo en la editorial hablaba de la miniserie “La conspiración”. Bueno,
la directora checa prefirió cambiar el título para acentuar el mensaje social
de la obra. Me explicaron que la protagonista no era morena y de ojos negros,
sino pelirroja y de ojos verdes; y que los hechos no sucedían en una isla del
Pacífico sino en el Mar del Norte; que el barco hundido no era un galeón sino
un carguero con matrícula somalí; que detrás de la empresa norteamericana de
rescate había un fondo de inversión chino. Pero, en fin, los abogados de la
editorial consideraron que todos estos cambios eran adaptaciones narrativas
legítimas. Y, además, esta vez el guion no fue revisado por el señor Figueras.
En un último giro
de los acontecimientos, el Consejo de la editorial consideró que nadie
asociaría una novela con la portada de cocoteros y playas hawaianas y un viejo galeón
español hundiéndose en el horizonte que había diseñado Arnau Roc con la trama
de la corrupción política y financiera en el corazón de Europa que denunciaba
la Waczynski. Y, entonces, el Consejo tomó la singular decisión de publicar la versión
checa traducida al español.
En mitad de todo
aquel trajín, Jaume se sentía en su salsa, pero a mí me costaba asimilar los
hechos, ¡todo sucedía tan deprisa! Tras convocarme de urgencia a su despacho, me
recibió por primera vez con la más amplia de sus sonrisas.
- ¡Tengo excelentes
noticias! Publicaremos la novela aquí y en Praga; cinco mil ejemplares en español,
quinientos en checo. Les cedemos los derechos para la miniserie y las
siguientes, si las hay, ¡quién sabe!,
ediciones en checo.
Era mucho más de
lo que yo había soñado jamás. Jaume me mostró un bloc con la versión de la
novela en checo. Se titulaba “Spiknutí”. Me pareció una palabra mágica.
- En cuanto a ti
–añadió-, la editorial te hace una oferta insuperable: 15.000 euros a cambio de
la cesión de todos los derechos de esta novela y de la próxima que escribas ¡Yo
no me lo pensaría dos veces! Con todo lo que has aprendido, no te costará escribir
otra novela…
Nunca había visto
a Jaume tan feliz. Comprendí que por fin había conseguido saldar la deuda de
amistad que creía tener conmigo. Yo estaba abrumado, todo parecía salir mucho
mejor de lo previsible cuando decidí enviarle las ochocientas “k” de mi novela.
No presté mucha atención –por lo menos, no la suficiente- a su última frase.
Quince mil euros equivalían a un año de mi sueldo íntegro en el banco.
Dije que sí, y firmé.
Desde entonces, y de eso hace más de seis largos años,
sigo tratando de escribir mi segunda novela en mis tardes perdidas de jubilado.
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