1 Sgt Pepper en el jardín
La primera vez que me pregunté cuál
era el recuerdo más antiguo que tenía de los Beatles fue en 1982 y lo que
entonces me vino a la cabeza fue el jardín de la casa de mis padres, y unos
pequeños bólidos de plástico que salían de regalo en los potes de detergente
que compraba mi madre, y la música de Sgt Pepper llenando la atmósfera
del jardín con el sonido de estridentes guitarras eléctricas y suaves rasgueos
acústicos, voces melodiosas y coros envolventes, pianos y maracas, violines y
saxofones…
Corría el verano de 1968. Mis
hermanos mayores, por entonces de dieciocho y dieciséis años, tardaron un año
en comprarse Sgt. Pepper, quizá el álbum más destacado de toda la
década. Pero su bolsillo de estudiantes no daba para mucho. Les gustaban los
Beatles, claro, como a casi todos los chicos de su generación, pero también sus
supuestos rivales, los Rolling Stones, tal vez la banda más longeva de la
historia, así como una gran variedad de cantantes y grupos que iban desde el
austero Bob Dylan de Freewheelin’ -solo voz, armónica y guitarra- hasta
los alegres arreglos de viento de Herb Albert y sus Tijuana Brass, pasando por
el extravagante y perturbador Frank Zappa y sus Mothers of Invention, el soul
de Aretha Franklin y Wilson Picket -¿cómo resistirse al hechizo de Sitting
in the dock of a bay?-, las delicadas armonías vocales de Papas &
Mamas, o el simpático Trini Lopez y su
contagiosa versión de If I had a hammer…
Atribuyo a los gustos de mi
hermana mayor los singles de canción francesa e italiana que también sonaban en
casa. Recuerdo algunos nombres, como los de Johnny Halliday y Silvie Vartan,
pero sobre todo recuerdo la melodía de Tous les garçons et les filles y
la melancólica figura de Françoise Hardy. Imposible no enamorarse de ella,
aunque tuvieses la ridícula edad de siete u ocho años. También recuerdo los
discos de Richard Anthony, un francés de voz muy clara y pulseras muy horteras;
quizá porque cantaba algunas versiones de los Beatles sin que yo supiese aún
que lo eran: Toi l’ami era All my loving. Por lo que hace a la
canción italiana, había muchas cantantes de moda, y una canción con la que
hacíamos muchas bromas con la letra porque decía “non ho l’età”…pero lo
que yo rescataría es la versión de Stand by me que cantaba Adriano
Celentano con el título de Pregeró.
En fin, sería imposible
reconstruir retrospectivamente la discoteca familiar ni siquiera de forma
aproximada. Por lo menos, debería añadir los valses de Strauss y las polonesas
de Chopin, que mi madre nos animaba a escuchar -sin mucho éxito-. No obstante,
los riffs pianísticos de la llamada polonesa Militar (Opus 1 en La
mayor) siguen vivos en mi memoria, a pesar de que ya nunca más volví a
escucharlos. Y también debería añadir la música de orquesta que acabó gustando
a mi padre: Ray Coniff, Paul Mauriat, Frank Pourcel, …eso que algunos llamarían
“música de sala de espera”.
O sea que, en mi casa, se
escuchaba música bastante variada.
En el verano de 1968, yo tenía
once años y la música no me interesaba. Mis entretenimientos preferidos eran
jugar a baloncesto, leer tebeos, cabalgar el palo de una escoba por el jardín
como si fuese un vaquero del Lejano Oeste, dar la vuelta alrededor de la casa a
pata coja tratando de batir un récord, organizar carreras automovilísticas
imaginarias a lo largo de la repisa exterior de las ventanas del comedor con
mis bólidos de plástico... El alféizar era bastante ancho, estaba como a un
metro y pico del suelo, a una altura idónea para jugar de pie.
A mis hermanos mayores les
gustaba escuchar música desde el jardín, o sea que a veces la ponían a todo
volumen y abrían de par en par las ventanas del comedor para que la música que
emergía de los altavoces llegase hasta el jardín.
Así,
se dio la circunstancia de que yo me encontraba en el lugar de paso de la
música, escuchándola a un volumen considerable, el más adecuado para sumergirse
en la atmósfera de aquel concierto de rock.
La
música no me interesaba, eran mis hermanos mayores quienes nos sometían a los
demás a involuntarias audiciones musicales; sin embargo, por algún motivo,
empecé a fijarme en aquel disco. Quizá porque lo pinchaban una y otra vez. O
también por su diversidad. Casi todos los discos que pinchaban mis hermanos
mayores tenían una o dos buenas canciones, pero luego todas las demás eran muy
repetitivas. En cambio, en Sgt. Pepper cada canción tenía un aire
particular, una atmósfera propia. O quizá fuese porque, en efecto, como
sostienen muchos comentaristas, aquel era un disco especial, único,
irrepetible; posiblemente, el punto culminante en la carrera de los Beatles.
Movido
por la curiosidad, en algún momento penetré en el territorio prohibido del
despacho de mi padre, donde se encontraban el equipo de música y los discos, y
busqué la funda del álbum. La carátula era lo más vistoso que se había
publicado nunca en la portada de un disco: un mural compuesto por una
cincuentena de personas y personajes, que resumían los sueños y las obsesiones
de los Beatles. Entre otros: la actriz Marilyn Monroe, el pensador Karl Marx,
gurús orientales, el actor Johnny Weissmuller en su papel de Tarzán, el dúo
cómico Stan Laurel/Oliver Hardy (aquí conocidos como El Gordo y El Flaco), su
admirado colega Bob Dylan, su añorado y difunto amigo Stuart Stu Sutcliffe… y
ellos mismos, disfrazados de banda de glorieta y duplicados en sus estatuas de
cera. Creo que nadie pone en duda hoy en día que esta una de las portadas más
influyentes en toda la historia del pop-rock[1].
En
el interior de la funda había unos galones y bigotes recortables que,
francamente, no me interesaron. Pero en la contraportada había una excitante
novedad: por primera vez en un disco de los Beatles, venía transcrita la letra
de las canciones. Curiosamente, un maestro español de Murcia llamado Juan
Carrión podría ser el causante de esta innovación. Carrión era profesor de
inglés y utilizaba la letra de canciones de los Beatles, que él sacaba de oído,
para enseñar a sus alumnos. Cuando John Lennon estuvo en Almería, Carrión se
puso en contacto con él, le explicó su método y le dijo lo bueno que sería
poder disponer de la letra de las canciones. Lennon simpatizó con él, incluso
le hizo unas correcciones a la letra de I’m only sleeping que Carrión
había ido sacando de oído casi completa. Vi una fotografía de ese folio en Los
Beatles Made in Spain (2018). Carrión transcribió la letra en minúsculas y
con bolígrafo de tinta azul; Lennon hizo las correcciones, pocas, en mayúsculas
y con rotulador rojo. Cuando se despidieron, Lennon prometió enviarle la letra
y las partituras (¡?) de su próximo álbum. Meses después, desde EMI se envió a
Carrión una copia del álbum Sgt. Pepper, junto con una nota manuscrita
de Lennon que decía “Good luck with the English!”.
Tal vez la sugerencia de Carrión
no cayese en saco roto. No sé si las letras de este álbum son tan distintas de
las anteriores como para justificar la novedad. En todo caso, disponer de las
letras no era anecdótico. Incluso los angloparlantes tienen dificultades para
entender la letra de canciones cantadas en inglés. A propósito de esto, hay una
anécdota legendaria que no resisto la tentación de volver a contar: Bob Dylan
confundió el “I can’t hide, I can’t hide!” de la cancion I want to
hold your hand con “I get high, I get high!”, ¡que significa una
cosa bien distinta!
Esto es así porque la letra de
las canciones no siempre se canta con claridad de locutor radiofónico. A veces,
una sola sílaba ocupa un compás entero; otras veces, en un compás se puede
embutir una frase como “all that I was looking for was somebody who looked like
you”, quince sílabas a ritmo de semicorchea en el estribillo de I’ve got
a feeling. El “barullo” de los instrumentos y las armonías vocales también
contribuyen a enmascarar la literalidad de la letra. Sucede algo parecido en el
flamenco y la ópera.
Mis rudimentarios conocimientos
escolares de inglés me permitían entender algunas frases sencillas, como I
read the news today, oh boy; she’s leaving home; it’s getting better…
pero esto no significa ni mucho menos que entendiese todas las frases, ni que
entendiese el sentido -o sinsentido- global de la canción. Te hacías una idea
aproximada a partir del título, de algunas frases sueltas, del aire. A mí me
encantaba Getting better, me parecía una canción muy optimista: it’s
getting better all the time!, y sus coros, como círculos concéntricos de
humo elevándose hacia el cielo “better, better, beeeeetter”. Pero no oía
la irónica réplica de Lennon, “no podría ir peor”, que no consta transcrita, ni
tampoco reparaba en las sombrías frases acerca del hombre que maltrata a su
mujer.
La transcripción de la letra de
las canciones permitía o propiciaba una actividad más divertida que la de
tratar de entender el sentido de todas aquellas palabras: cantar al unísono con
el disco. Si sabes la letra, puedes identificar qué sílaba estás cantando en
cada momento. Bueno, no quiero imaginar el grado de afinación o desafinación de
aquellos canturreos, aunque es probable que, a esa edad, no tuviese
dificultades para cantar las notas más altas. Y es obvio que tampoco había
ninguna clase de ambición o desafío artístico-musical en ellos; tan solo el
puro placer de unirme a aquellas voces melodiosas y sumarme a sus contagiosos
ritmos.
Sin darme cuenta, sin quererlo,
sin pretenderlo, acabé aprendiéndome aquel disco de memoria: las melodías y los
coros, los solos de guitarra, los arreglos de cuerda y viento, los redobles y
chasquidos de la batería, las entradas y los finales. Las canciones de Sgt. Pepper se
depositaron en el fondo de mi memoria acústico-emocional y poseen la rara virtud
de transportarme a las doradas tardes de mi infancia, cuando yo era un niño de
once años razonablemente feliz que jugaba en el jardín de su casa.
[1] En los
días en que escribo estas líneas, la portada sirve de anuncio a un Taller de
Escritura Creativa del Ateneo de Barcelona.