lunes, 29 de agosto de 2022

 1 Sgt Pepper en el jardín  

  

               La primera vez que me pregunté cuál era el recuerdo más antiguo que tenía de los Beatles fue en 1982 y lo que entonces me vino a la cabeza fue el jardín de la casa de mis padres, y unos pequeños bólidos de plástico que salían de regalo en los potes de detergente que compraba mi madre, y la música de Sgt Pepper llenando la atmósfera del jardín con el sonido de estridentes guitarras eléctricas y suaves rasgueos acústicos, voces melodiosas y coros envolventes, pianos y maracas, violines y saxofones…

               Corría el verano de 1968. Mis hermanos mayores, por entonces de dieciocho y dieciséis años, tardaron un año en comprarse Sgt. Pepper, quizá el álbum más destacado de toda la década. Pero su bolsillo de estudiantes no daba para mucho. Les gustaban los Beatles, claro, como a casi todos los chicos de su generación, pero también sus supuestos rivales, los Rolling Stones, tal vez la banda más longeva de la historia, así como una gran variedad de cantantes y grupos que iban desde el austero Bob Dylan de Freewheelin’ -solo voz, armónica y guitarra- hasta los alegres arreglos de viento de Herb Albert y sus Tijuana Brass, pasando por el extravagante y perturbador Frank Zappa y sus Mothers of Invention, el soul de Aretha Franklin y Wilson Picket -¿cómo resistirse al hechizo de Sitting in the dock of a bay?-, las delicadas armonías vocales de Papas & Mamas,  o el simpático Trini Lopez y su contagiosa versión de If I had a hammer…

               Atribuyo a los gustos de mi hermana mayor los singles de canción francesa e italiana que también sonaban en casa. Recuerdo algunos nombres, como los de Johnny Halliday y Silvie Vartan, pero sobre todo recuerdo la melodía de Tous les garçons et les filles y la melancólica figura de Françoise Hardy. Imposible no enamorarse de ella, aunque tuvieses la ridícula edad de siete u ocho años. También recuerdo los discos de Richard Anthony, un francés de voz muy clara y pulseras muy horteras; quizá porque cantaba algunas versiones de los Beatles sin que yo supiese aún que lo eran: Toi l’ami era All my loving. Por lo que hace a la canción italiana, había muchas cantantes de moda, y una canción con la que hacíamos muchas bromas con la letra porque decía “non ho l’età”…pero lo que yo rescataría es la versión de Stand by me que cantaba Adriano Celentano con el título de Pregeró.

               En fin, sería imposible reconstruir retrospectivamente la discoteca familiar ni siquiera de forma aproximada. Por lo menos, debería añadir los valses de Strauss y las polonesas de Chopin, que mi madre nos animaba a escuchar -sin mucho éxito-. No obstante, los riffs pianísticos de la llamada polonesa Militar (Opus 1 en La mayor) siguen vivos en mi memoria, a pesar de que ya nunca más volví a escucharlos. Y también debería añadir la música de orquesta que acabó gustando a mi padre: Ray Coniff, Paul Mauriat, Frank Pourcel, …eso que algunos llamarían “música de sala de espera”.

               O sea que, en mi casa, se escuchaba música bastante variada.

 

               En el verano de 1968, yo tenía once años y la música no me interesaba. Mis entretenimientos preferidos eran jugar a baloncesto, leer tebeos, cabalgar el palo de una escoba por el jardín como si fuese un vaquero del Lejano Oeste, dar la vuelta alrededor de la casa a pata coja tratando de batir un récord, organizar carreras automovilísticas imaginarias a lo largo de la repisa exterior de las ventanas del comedor con mis bólidos de plástico... El alféizar era bastante ancho, estaba como a un metro y pico del suelo, a una altura idónea para jugar de pie.

               A mis hermanos mayores les gustaba escuchar música desde el jardín, o sea que a veces la ponían a todo volumen y abrían de par en par las ventanas del comedor para que la música que emergía de los altavoces llegase hasta el jardín.

Así, se dio la circunstancia de que yo me encontraba en el lugar de paso de la música, escuchándola a un volumen considerable, el más adecuado para sumergirse en la atmósfera de aquel concierto de rock.

La música no me interesaba, eran mis hermanos mayores quienes nos sometían a los demás a involuntarias audiciones musicales; sin embargo, por algún motivo, empecé a fijarme en aquel disco. Quizá porque lo pinchaban una y otra vez. O también por su diversidad. Casi todos los discos que pinchaban mis hermanos mayores tenían una o dos buenas canciones, pero luego todas las demás eran muy repetitivas. En cambio, en Sgt. Pepper cada canción tenía un aire particular, una atmósfera propia. O quizá fuese porque, en efecto, como sostienen muchos comentaristas, aquel era un disco especial, único, irrepetible; posiblemente, el punto culminante en la carrera de los Beatles.

 

Movido por la curiosidad, en algún momento penetré en el territorio prohibido del despacho de mi padre, donde se encontraban el equipo de música y los discos, y busqué la funda del álbum. La carátula era lo más vistoso que se había publicado nunca en la portada de un disco: un mural compuesto por una cincuentena de personas y personajes, que resumían los sueños y las obsesiones de los Beatles. Entre otros: la actriz Marilyn Monroe, el pensador Karl Marx, gurús orientales, el actor Johnny Weissmuller en su papel de Tarzán, el dúo cómico Stan Laurel/Oliver Hardy (aquí conocidos como El Gordo y El Flaco), su admirado colega Bob Dylan, su añorado y difunto amigo Stuart Stu Sutcliffe… y ellos mismos, disfrazados de banda de glorieta y duplicados en sus estatuas de cera. Creo que nadie pone en duda hoy en día que esta una de las portadas más influyentes en toda la historia del pop-rock[1].

En el interior de la funda había unos galones y bigotes recortables que, francamente, no me interesaron. Pero en la contraportada había una excitante novedad: por primera vez en un disco de los Beatles, venía transcrita la letra de las canciones. Curiosamente, un maestro español de Murcia llamado Juan Carrión podría ser el causante de esta innovación. Carrión era profesor de inglés y utilizaba la letra de canciones de los Beatles, que él sacaba de oído, para enseñar a sus alumnos. Cuando John Lennon estuvo en Almería, Carrión se puso en contacto con él, le explicó su método y le dijo lo bueno que sería poder disponer de la letra de las canciones. Lennon simpatizó con él, incluso le hizo unas correcciones a la letra de I’m only sleeping que Carrión había ido sacando de oído casi completa. Vi una fotografía de ese folio en Los Beatles Made in Spain (2018). Carrión transcribió la letra en minúsculas y con bolígrafo de tinta azul; Lennon hizo las correcciones, pocas, en mayúsculas y con rotulador rojo. Cuando se despidieron, Lennon prometió enviarle la letra y las partituras (¡?) de su próximo álbum. Meses después, desde EMI se envió a Carrión una copia del álbum Sgt. Pepper, junto con una nota manuscrita de Lennon que decía “Good luck with the English!”.

               Tal vez la sugerencia de Carrión no cayese en saco roto. No sé si las letras de este álbum son tan distintas de las anteriores como para justificar la novedad. En todo caso, disponer de las letras no era anecdótico. Incluso los angloparlantes tienen dificultades para entender la letra de canciones cantadas en inglés. A propósito de esto, hay una anécdota legendaria que no resisto la tentación de volver a contar: Bob Dylan confundió el “I can’t hide, I can’t hide!” de la cancion I want to hold your hand con “I get high, I get high!”, ¡que significa una cosa bien distinta!

               Esto es así porque la letra de las canciones no siempre se canta con claridad de locutor radiofónico. A veces, una sola sílaba ocupa un compás entero; otras veces, en un compás se puede embutir una frase como “all that I was looking for was somebody who looked like you”, quince sílabas a ritmo de semicorchea en el estribillo de I’ve got a feeling. El “barullo” de los instrumentos y las armonías vocales también contribuyen a enmascarar la literalidad de la letra. Sucede algo parecido en el flamenco y la ópera.

               Mis rudimentarios conocimientos escolares de inglés me permitían entender algunas frases sencillas, como I read the news today, oh boy; she’s leaving home; it’s getting better… pero esto no significa ni mucho menos que entendiese todas las frases, ni que entendiese el sentido -o sinsentido- global de la canción. Te hacías una idea aproximada a partir del título, de algunas frases sueltas, del aire. A mí me encantaba Getting better, me parecía una canción muy optimista: it’s getting better all the time!, y sus coros, como círculos concéntricos de humo elevándose hacia el cielo “better, better, beeeeetter”. Pero no oía la irónica réplica de Lennon, “no podría ir peor”, que no consta transcrita, ni tampoco reparaba en las sombrías frases acerca del hombre que maltrata a su mujer.

               La transcripción de la letra de las canciones permitía o propiciaba una actividad más divertida que la de tratar de entender el sentido de todas aquellas palabras: cantar al unísono con el disco. Si sabes la letra, puedes identificar qué sílaba estás cantando en cada momento. Bueno, no quiero imaginar el grado de afinación o desafinación de aquellos canturreos, aunque es probable que, a esa edad, no tuviese dificultades para cantar las notas más altas. Y es obvio que tampoco había ninguna clase de ambición o desafío artístico-musical en ellos; tan solo el puro placer de unirme a aquellas voces melodiosas y sumarme a sus contagiosos ritmos.

               Sin darme cuenta, sin quererlo, sin pretenderlo, acabé aprendiéndome aquel disco de memoria: las melodías y los coros, los solos de guitarra, los arreglos de cuerda y viento, los redobles y chasquidos de la batería, las entradas y los finales.  Las canciones de Sgt. Pepper se depositaron en el fondo de mi memoria acústico-emocional y poseen la rara virtud de transportarme a las doradas tardes de mi infancia, cuando yo era un niño de once años razonablemente feliz que jugaba en el jardín de su casa.

 

 



[1] En los días en que escribo estas líneas, la portada sirve de anuncio a un Taller de Escritura Creativa del Ateneo de Barcelona.

sábado, 22 de agosto de 2020

 

 

               Spiknutí

  

               Mi primera novela era muy mediocre, lo admito. Se titulaba “El rescate del Santa María” y la estuve redactando durante más de diez años, en mis tardes perdidas de oficinista. Empecé en la década de los 90, estimulado por la épica de películas como “Memorias de África” y “Bailando con lobos”. Trataba de un viejo galeón español del siglo XVII, el Santa María, hundido con un tesoro incalculable cerca de unas islas del Pacífico. Una empresa norteamericana pretendía recuperar el tesoro a través de la localización por satélite. Parece extraño, pero es más fácil detectar un pecio desde la estratosfera que desde la superficie del mar. La compañía norteamericana negociaba la licencia de obras y otras corruptelas con el gobierno de la isla, y un grupo de nativos jóvenes, bellos y rebeldes organizaba la resistencia para impedir las labores de rescate, que alterarían el frágil ecosistema del litoral…Bueno, ¡me faltaban muchos detalles por pulir!

Y, un buen día, Jaume Vallbona apareció por el banco. “¿Qué se le ofrece?”, le pregunté, aún sin reconocerle. Jaume me reconoció en seguida y de inmediato me tendió la mano por encima del mostrador. Detecté un matiz de compasión en su sonrisa.

- Pero, hombre, ¡qué haces tú aquí!

Jaume y yo fuimos juntos a los escolapios. Luego, él se matriculó en Derecho y yo en Filosofía, y ahí nos perdimos la pista. Aquel día me explicó que él sí terminó la carrera; que encontró trabajo en un bufete de abogados y que se casó con una chica que había estudiado Bellas Artes y que pintaba cuadros abstractos. Antes de tener su primer hijo, encontró un puesto de ejecutivo en una empresa de no sé qué producto de limpieza. Le gustaba trabajar y se ganaba bien la vida. Tuvieron dos hijos más, “¡buscábamos la niña!”, intercaló haciéndome un guiño. Y entonces, plenamente realizado pero un poco aburrido, Jaume dejó la empresa y se hizo agente literario. Muy poco después, tuvo la suerte de conocer a Michael Spencer y el éxito de su carrera como agente se disparó. A Spencer no le conocía casi nadie hace unos años. Pero ahora, gracias a la adaptación cinematográfica de su novela “Las bestias encerradas en el sótano”, no hay nadie que no le conozca.

Fue por aquellos días cuando Jaume apareció por casualidad en la oficina bancaria en la que yo trabajaba y me encontró sentado detrás del mostrador, más delgado, canoso, arrugado, servicial. Después de explicarme lo orgulloso que se sentía de sus tres chavales, me preguntó “y tú, ¿qué tal?”, y entonces tuve que explicarle que mi mujer me había dejado por otro hombre más joven y menos miope que yo. No habíamos llegado a tener hijos.

 Digo que Jaume parecía compadecerse de mí porque, claro, cuando estábamos en el colegio nadie aspiraba a ser cajero de un banco. Yo tampoco, aunque luego las circunstancias de la vida me llevaron a tener en muy alta estima la estabilidad económica y existencial que suponía un puesto de trabajo seguro. Además, uno podía ser cajero pero practicar submarinismo en el Mar Rojo durante las vacaciones de verano, o transformarse en guitarrista de blues a las doce de la noche y participar en jam-sessions, o reconstruir la torre Eiffel de París con miles de cerillas…y eso compensaría, de algún modo, la monótona rutina de tu vida. Muchos de mis compañeros de oficina practicaban cosas de esas.  

Supongo que por eso le hablé a Jaume de mi proyecto de novela, como para disimular la mediocridad de mi empleo y de mi vida en general. Al otro lado del mostrador, mi viejo amigo Jaume se sintió obligado a hacer algo por mí. Precisamente, su trabajo consistía en lograr que un autor publicase sus obras.

- ¡Envíame una copia de la novela por correo electrónico! –me dijo Jaume, con la misma seriedad profesional con la que los asesores fiscales te decían “¡búsqueme todas sus facturas!”.

Así que aquella misma tarde le envié las trescientas páginas de “El rescate del Santa María” comprimidas en un documento Word de unas ochocientas “k”. No tardó muchos días en contestarme: “Interesante. Quizá necesite alguna revisión, pero creo que podremos publicarla”.

Entonces entró en acción el señor Figueras, un tipo de unos cincuenta y siete años, de pelo graso, barriga hinchada y americana con coderas y puños raídos. Daba clases de Historia en un instituto. Pero tenía cinco hijos y muchos gastos, así que se sacaba un sobresueldo como corrector/redactor de la editorial Vilobí. Tras leer las dos primeras páginas, se negó a continuar alegando que las imprecisiones históricas eran tantas y tan flagrantes que no valía la pena revisar la totalidad del texto.

               - Pero ¿sabe usted algo del siglo XVII…? –me preguntó, el día que nos reunimos con Jaume para dar el primer empujón al proyecto-, ¿tiene una idea siquiera aproximada de cuánta gente viajaba en un galeón? Con la tripulación que usted propone, ¡no podrían ni levar anclas!

               La tozuda insistencia de Jaume Vallbona consiguió que Figueras leyese por encima el resto de la historia y se aviniese a escribir un par de cuartillas para encuadrar históricamente la trama. Figueres aprovechó la ocasión para lucirse pues, en su época de universitario, había hecho un trabajo sobre el Galeón de Manila. Escribió ocho o diez folios; y, aquellos apuntes, que en principio solo iban destinados a ilustrarme a mí, se convirtieron en los dos primeros capítulos de la novela. Bueno, y también le debo al señor Figueras la escena en la que dos soldados capturan una rata en la bodega para vendérsela al despensero pues, entre otras notas sobre la ruta del Galeón de Manila, Figueras había incluido la compraventa de ratas bodegueras como muestra de la angustiosa escasez de comida que se vivía en aquellas largas travesías de varios meses de duración.

               Otro corrector de la editorial se tomó la molestia de leer el texto de cabo a rabo y marcarlo con rotuladores fluorescentes de distintos colores. Los errores sintácticos y gramaticales venían en fluorescente rosado; las incongruencias y otros errores narrativos y de verosimilitud, en fluorescente amarillo. El fluorescente verde significaba “escena mejorable”; el azul oscuro, “alargar” o “extenderse”. Las marcas de fluorescente lila eran las que yo más temía porque significaban “reescribir de arriba a abajo”. Las de fluorescente beige, las más bienvenidas porque significaban “pura caca: eliminar”. Por otro lado, y gracias a un novedoso programa informático llamado Quijano 3.0, junto a cada palabra dudosa aparecían tres palabras sinónimas alternativas más ajustadas, precisas y elegantes.

Mi pobre borrador parecía un herido de guerra cubierto de moratones, vendajes y escayolas. Pasé un año entero cuidando del convaleciente, rehaciendo los párrafos verdes, estirando los azules, peleándome con los lilas. Fue un año agotador; ser un profesional de la escritura era extenuante, mucho más que empujar la rutina burocrática matutina en una oficina bancaria. Yo había tardado diez años en componer las trescientas páginas de la novela; y, ahora, en seis meses, tuve que reescribirla casi por completo siguiendo las directrices que me daban desde la editorial.

               Esta segunda versión –incluidos los dos capítulos iniciales a cargo del señor Figueres- volvió a ser revisada concienzudamente por un tercer corrector. Aunque yo había seguido al pie de la letra sus indicaciones, opinó que mi novela parecía desnuda, seca, demasiado abstracta.

- Es verdad –reconoció Jaume, con semblante grave.

               Así que un par de redactores de la editorial rellenaron los huecos con árboles y pájaros, transeúntes, subsecretarios con nombre y apellidos, salones y vestíbulos, arrecifes, mares verdosos y alargadas playas de arena casi blanca… Tres capítulos enteros desaparecieron de la novela y el señor Figueras se encargó de redactar los dos capítulos relativos al naufragio del galeón para incluir algunos tecnicismos de carácter marinero.

-  ¿Ha navegado usted alguna vez a vela? -me preguntó, con expresión irónica, en otro de nuestros encuentros. 

Recibí por correo electrónico, ¡ni se molestaron en imprimirla!, esta tercera versión de “El rescate”. Bueno, el título quedó recortado para adecuarlo al diseño de la portada, según me explicó Arnau Roc, el portadista de la editorial.

Pero ahora sí sonaba como una novela ordinaria, de las que uno puede comprar en una librería. Los redactores -por lo visto, también les llaman “negros” o “fantasmas”- habían hecho un trabajo excelente; a mí mismo me parecía una novela nueva. Los personajes eran los mismos que los de mi primer borrador y la trama también se desarrollaba en una isla del Pacífico; y contenía algunos flashbacks que remitían a la travesía del galeón en el siglo XVII... Y, sin embargo, a mí me parecía otra novela. Admiré lo bien que habían resuelto todas las escenas y finales de capítulo; de qué modo tan sencillo, con tres o cuatro palabras, hacían visible un ambiente portuario o los palacetes de las oficinas del gobierno, con ventiladores de grandes aspas en el techo; qué fluidamente se iba desarrollando la acción y no a saltos, a ratos encallada, o desencadenada de repente, como en mi primer borrador, ¡qué fácil era leer aquel texto!

               Devolví mi revisión de esta tercera versión con un OK en mayúsculas. Había algunos pequeños e insignificantes errores (a un “que” le faltaba la “u”; en la página 124 aparecía “mastil” sin acento…), pero preferí que quedase de manifiesto mi admiración por el resultado final. “¡Todo OK!”, decía el correo que envié.

Y ese era el texto que se habría acabado publicando de no ser por la inesperada irrupción en escena de una pintora checa, llamada Krystina Waczynski -de padre polaco-, que la mujer de Jaume había conocido en una exposición colectiva celebrada en Praga. Los Vallbona salieron a cenar con ella cuando la Waczynski vino a Barcelona para promocionar un documental sobre defenestraciones. La pintora checa era una de esas artistas polifacéticas que, además de pintar, dirigía documentales, series de televisión y películas.

Mientras cenaban, Jaume habló de lo apasionante que le resultaba su trabajo de agente literario. Admitió que había tenido mucha suerte al fichar a Michael Spencer nada más empezar, pero no todos sus autores tenían tanta suerte, fama, reconocimiento. Y como ejemplo paradigmático de las dificultades que a veces afrontaba para publicar una obra, les habló de “El rescate”, de cuántas veces se había revisado el borrador, cuánto le había costado convencer a la editorial de que la novela podía ser un éxito -moderado, nunca creyó que sería tan grande como el de Spencer-, cuántos revisores, correctores y redactores habían tenido que intervenir para que el texto resultase aceptable… 

He de suponer que, a estas alturas de la cena, ya habían vaciado una o dos botellas de vino pues, según Jaume, la pintora checa bebía como un cosaco. Krystina se interesó por el tema de esa extravagante novela que tanto costaba publicar y Jaume le habló con entusiasmo de las historias de galeones hundidos con tesoros incalculables.

- En esencia, es una novela de intriga: ¿se encontrará finalmente el tesoro?, ¿hallarán los restos del galeón y las monedas que presuntamente se hundieron con él? Pero también es una novela de acción por lo que hace a las peripecias de los buzos para internarse entre los restos del pecio, así como en las escenas marineras del galeón. Y, claro está, tiene algo de novela histórica, en los pasajes que suceden en el siglo XVII. Además, es una novela con un claro mensaje ideológico en contra la corrupción política y a favor de los sistemas ecológicos sostenibles. Y tiene también su pequeña trama romántica entre los dos jóvenes polinesios… ¡desde el primer momento, le vi muchas posibilidades! Pero quizá todas las dificultades que hemos tenido provengan precisamente de eso, de que es demasiadas cosas a la vez y ninguna en concreto.

La pintora checa, con las neuronas empapadas de vino blanco, urdía en su imaginación escenas, planos, diálogos.

               - ¡Envíame ese texto! –le dijo a Jaume, y los tres estallaron en una carcajada nerviosa.

Luego siguieron hablando de arte abstracto, de las últimas exposiciones que habían visitado la una y la otra, de Marina France y su serie de Cortinajes Violáceos en el Guggenheim de Bilbao. La mujer de Jaume explicó que atravesaba un período de cuadros de grandes dimensiones -tres por tres metros-, y, dado que ella era bastante menuda, por primera vez había tenido que pintar encaramada a una escalera de mano. Añadió que era una etapa de colores terrosos y tostados, de ocres y beiges, mezclados con grises y blanco nieve. Expuso seis cuadros de esa serie en Praga, y vendió uno, a veinte mil euros. No es caro, al parecer.

Aquella misma noche, y ante la insistencia de su esposa, Jaume envió desde su teléfono móvil una copia de “El rescate” a Krystina Waczynski.

               Pues, bueno, mientras la tercera versión de “El rescate” estaba a la espera de entrar en talleres, Jaume recibió un correo de la pintora checa. Ya casi se había olvidado de ella y de los detalles de la conversación que habían mantenido durante la cena. “Solicito derechos para una miniserie de dos capítulos; adjunto contrato y otras propuestas”.

               Jaume planteó el asunto al Consejo de la editorial y entonces se organizó un gran revuelo de abogados, traductores, contables. Finalmente, se llegó al acuerdo de ceder los derechos para la miniserie, a cambio de editar una versión en checo de la novela, lo que permitiría a la editorial cobrar una subvención de la Consejería de Cultura destinada a promocionar la expansión internacional de la industria editorial. Nadie esperaba un gran negocio de todo aquello; la directora checa era bastante desconocida incluso en su propio país. Pero la gente de Vilobí había dedicado bastantes horas a la confección de aquel texto y el acuerdo les permitía recuperar lo invertido.

               Aquellos días, todo el mundo en la editorial hablaba de la miniserie “La conspiración”. Bueno, la directora checa prefirió cambiar el título para acentuar el mensaje social de la obra. Me explicaron que la protagonista no era morena y de ojos negros, sino pelirroja y de ojos verdes; y que los hechos no sucedían en una isla del Pacífico sino en el Mar del Norte; que el barco hundido no era un galeón sino un carguero con matrícula somalí; que detrás de la empresa norteamericana de rescate había un fondo de inversión chino. Pero, en fin, los abogados de la editorial consideraron que todos estos cambios eran adaptaciones narrativas legítimas. Y, además, esta vez el guion no fue revisado por el señor Figueras.

               En un último giro de los acontecimientos, el Consejo de la editorial consideró que nadie asociaría una novela con la portada de cocoteros y playas hawaianas y un viejo galeón español hundiéndose en el horizonte que había diseñado Arnau Roc con la trama de la corrupción política y financiera en el corazón de Europa que denunciaba la Waczynski. Y, entonces, el Consejo tomó la singular decisión de publicar la versión checa traducida al español.  

               En mitad de todo aquel trajín, Jaume se sentía en su salsa, pero a mí me costaba asimilar los hechos, ¡todo sucedía tan deprisa! Tras convocarme de urgencia a su despacho, me recibió por primera vez con la más amplia de sus sonrisas.

               - ¡Tengo excelentes noticias! Publicaremos la novela aquí y en Praga; cinco mil ejemplares en español, quinientos en checo. Les cedemos los derechos para la miniserie y las siguientes, si   las hay, ¡quién sabe!, ediciones en checo.

               Era mucho más de lo que yo había soñado jamás. Jaume me mostró un bloc con la versión de la novela en checo. Se titulaba “Spiknutí”. Me pareció una palabra mágica.

               - En cuanto a ti –añadió-, la editorial te hace una oferta insuperable: 15.000 euros a cambio de la cesión de todos los derechos de esta novela y de la próxima que escribas ¡Yo no me lo pensaría dos veces! Con todo lo que has aprendido, no te costará escribir otra novela…

               Nunca había visto a Jaume tan feliz. Comprendí que por fin había conseguido saldar la deuda de amistad que creía tener conmigo. Yo estaba abrumado, todo parecía salir mucho mejor de lo previsible cuando decidí enviarle las ochocientas “k” de mi novela. No presté mucha atención –por lo menos, no la suficiente- a su última frase. Quince mil euros equivalían a un año de mi sueldo íntegro en el banco.

Dije que sí, y firmé.

Desde entonces, y de eso hace más de seis largos años, sigo tratando de escribir mi segunda novela en mis tardes perdidas de jubilado.

 

 

                

lunes, 17 de noviembre de 2014

Landero, olé

Sr Luis Landero: 

   El trece de noviembre de 1994 acabé de leer Juegos de la edad tardía, y quedé muy impresionado. Me pareció la mejor novela escrita en español por un autor contemporáneo. ¡Oh, sí, se lo digo así de llanamente!. Me encantó su estilo, el argumento me pareció genial, y me reí como nunca me había reído leyendo una novela seria. Decidí que usted era mi novelista preferido, el escritor que yo habría querido ser... 
   Después dejé de leer, e incluso dejé de escribir, fui al oculista, me divorcié, y, en fin, me pasaron un montón de cosas intrascendentes que sin embargo constituyen el meollo de mi vida. Empecé a leer El mágico aprendiz pero acabó el siglo y no me dio tiempo a terminar la lectura. Cuando cumplí cincuenta años, exactamente el mismo día que cumplí esa edad tan definitiva, mi novia me regaló Hoy, Júpiter, porque sabía de mi vocación landerista y aún confiaba en que yo sería capaz de leer un libro entero. Estábamos en un bonito hotel de Palamós, a cien euros la noche, con un servicio de buffete en el desayuno que no se puede ni imaginar, y una piscina que al anochecer se iluminaba por dentro durante unas horas. Además, y sin saberlo, tenía un billete de ida y vuelta a Liverpool para una semana después... Pero esto no tiene que ver con lo que quería decirle. 
   Lo que quería decirle es que hoy he acabado de leer El guitarrista, y me ha gustado tanto, he disfrutado tanto leyendo un capítulo cada día (a pesar del bochorno de estas tardes de agosto), que ayer decidí enviarle esta carta de felicitación y agradecimiento. 
   No me voy a poner pesado haciéndome el listo; que si el estilo, que si el argumento, que si la urdimbre, que si el ritmo narrativo... No soy crítico literario, y ya le he dicho que dejé de leer y escribir hace uno o dos lustros. Le diré que conecto (como decimos ahora modernamente, o también "empatizo") con lo que usted escribe. Me gusta mucho el tono discreto y brillante a la vez. Me ha encantado el fragmento en el que el señor Rodó habla de su frustrada carrera de escritor, y en cierto modo me ha recordado (si es que recuerdo algo porque han pasado más de diez años) al personaje de la trama de Juegos... Porque, ya lo habrá adivinado, me identifico con esos escritores frustrados. Debo de ser una de las personas que han escrito más páginas sin publicar una sola línea. ¿Seré un personaje suyo que usted aún no conoce...?. No, porque eso, como diría alguno de sus personajes reales, ni siquiera es original. 
   Los lectores disfrutamos leyendo y, en el mejor de los casos, nos inspiramos en lo que leemos, aprendemos, vivimos imaginariamente, crecemos..., y procuramos no destripar libros haciendo análisis literarios (que son competencia de los analistas). Por eso solo quería mostrarle y hacerle llegar -¡ya veremos cómo!- mi agradecimiento, mi gratitud por haber escrito esos libros. Y que eso compense sus noches de insomnio detrás del enigma de la escritura -si las hubo-, sus incertidumbres -¡que las habrá!-, y todas las penalidades que sin duda conlleva la vocación de escribir, y que no siempre cura la pasta de los copyright o las incandescencias de la popularidad. 
   ¿Vale la pena tratar de escribir bien?. Por supuesto que sí. Por lo menos, eso me parece a mí después de leer sus libros. 
   Reciba una cordial felicitación de mi parte,